sábado, 25 de septiembre de 2010

Táctica y estrategia

Mi táctica es mirarte
aprender como sos
quererte como sos.

Mi táctica es hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible.

Mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos.

Mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos.

Mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple.

Mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.

Mario Benedetti.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Espantapajaros 1

No se; me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! y en esto soy irreductible no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. ¡Si no saben volar pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Esta fue y no otra la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres.
¡Con que impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. "¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes... la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.

Oliverio Girondo.

Fotografía: Amaia Fotografías.

martes, 31 de agosto de 2010

Espantapajaros 18

Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los cumpleaños familiares, llorando. Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo... si es verdad que los cacuies y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura. Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!

Oliverio Girondo
Fotografía: Amaia Fotografías.

viernes, 27 de agosto de 2010

Las malas palabras

Un Congreso de la Lengua, es más que todo, para plantearse preguntas. Yo como casi siempre hablo desde el desconocimiento, me pregunto por qué son malas las malas palabras, quién las define como tal. ¿Quién y por qué?, ¿quién dice qué tienen las malas palabras?, ¿o es que acaso les pegan las malas palabras a las buenas?, ¿son malas porque son de mala calidad?, o sea que ¿cuando uno las pronuncia se deterioran? o ¿cuando uno las utiliza, tienen actitudes reñidas con la moral?
Obviamente, no se quién las define como malas palabras, tal vez sean como esos villanos de viejas películas como las que nosotros veíamos, que en un principio eran buenos, pero que al final la sociedad los hizo malos.
Tal vez nosotros al marginarlas, las hemos derivado en palabras malas, lo que yo pienso es que brindan otros matices muchas de ellas. Yo soy fundamentalmente dibujante, con lo que uno se preguntará: ¿qué hace ese muchacho arriba del escenario? Manejo muy mal el color, por ejemplo, pero a través de eso sé que cuanto más matices tenga uno, más puede defenderse, para expresarse, para transmitir, para graficar algo, entonces, ¿hay palabras, palabras de las denominadas malas palabras que son irremplazables, por sonoridad, por fuerza, algunos incluso por contextura física de la palabra. No es lo mismo decir que una persona es tonta o zonza que decir que es un pelotudo. Tonto puede incluso incluir un problema de disminución neurológica realmente agresivo.
El secreto de la palabra pelotudo, ya universalizada —no sé si está en el diccionario de dudas—, está en que también puede hacer referencia a algo que tiene pelotas. Puede hacer referencia a algo que tiene pelotas que puede ser un utilero de fútbol que es un pelotudo porque traslada las pelotas; pero lo que digo, el secreto, la fuerza; está en la letra t. Analicémoslo —anoten las maestras—: está en la letra t, puesto que no es lo mismo decir zonzo que decir peloTUdo.
Otra cosa, hay una palabra maravillosa que en otros países está exenta de culpa —esa es otra particularidad, porque todos los países tienen malas palabras pero se ve que las leyes de algunos países protegen y en otros no—, hay una palabra maravillosa, decía, que es carajo. Yo tendría que recurrir a mi amigo y conocedor, Arturo Pérez Reverte, conocedor en cuanto a la navegación, porque tengo entendido que el carajo era el lugar donde se colocaba el vigía, en lo alto de los mástiles de los barcos para divisar tierra o lo que fuere, entonces mandar a una persona al carajo era estrictamente eso, mandarlo ahí arriba.
Amigos mexicanos con los que estuve cenando anoche me estuvieron enseñando una cantidad de malas palabras mexicanas. Ahora que lo pienso creo que me estaban insultando porque se suscitó un problema con la cuenta a la hora de pagar. Me explicaban, que las islas Carajo son unas islas que están en el océano Índico.
En España, el carajillo es el café con coñac y acá apareció como mala palabra, al punto que se llega a los eufemismos se decía caracho es de una debilidad absoluta y de una hipocresía... ¿no?
A veces hay periódicos que ponen: «El senador fulano de tal envío a la M a su par…». La triste función de esos puntos suspensivos, realmente el papel absurdo que están haciendo ahí, merecería también una discusión acá, en el Congreso de la Lengua.
Voy a ir cerrando, hay otra palabra que quiero apuntar que creo es fundamental en el idioma castellano, que es la palabra «mierda», que también es irremplazable. El secreto de la contextura física está en la r —anoten las docentes— porque es mucho más débil como lo dicen los cubanos: miELda, que suena a chino y eso —yo creo que ahí está la base de los problemas que ha tenido la Revolución cubana—, quita de posibilidades de expresiva.
Voy cerrando, después de este aporte medular que he hecho al lenguaje y al Congreso, lo que yo pido es que atendamos a esta condición terapéutica de las malas palabras. Mi psicoanalista dice que es imprescindible para descargarse, para dejar de lado el estrés y todo ese tipo de cosas. Lo único que yo pediría (no quiero hacer una teoría) es reconsiderar la situación de estas palabras. Pido una amnistía para la mayoría de ellas. Vivamos una navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje, que las vamos a necesitar.

Roberto Fontanarrosa.

Discurso pronunciado por Roberto Fontanarrosa en el Congreso de la Lengua Española en Rosario, en el año 2004.

martes, 24 de agosto de 2010

El arte de volar

Jugar a no ser suele ser divertido, pero ser lo que no se debe ser es mucho más divertido. Ser lo que, comúnmente, se considera inapropiado para este mundo frívolo y materialista, suele dejar esa mentirosa sensación de que estamos equivocados. Este mundo que prefiere un especialista en marketing y en administración de empresas a un músico, o a un actor, o a un pintor.
¿Qué sería de nuestros tiempos sin la música, sin la pintura, sin el teatro y el cine, sin el arte? Nada. Por suerte, aún perduramos en el camino, viejos caminantes que se apoyan en sus bastones y desde allí miran como la gente corre sin mirar al lado, salta sin percatarse donde caerá y a quien pisará al caer, y vive sin vivir. Donde la verborragia diaria lleva a no detenerse en los pequeños detalles, el artista no solo se detiene sino que los observa, los mide, los toca, los protege y los hace brillar.
Aún encontramos a ese loco transeúnte que en medio de la avenida principal de la ciudad carnívora, se detiene, se acuesta en el piso y con su cámara toma una fotografía del paisaje y la gente. Todavía podemos ver a esos locos jugando a ser otros sobre las tablas rechinantes de algún teatro viejo, abandonado y húmedo. Y, por suerte, aun podemos caminar por la calle y ver por alguna ventana a esos muchachos y muchachas jugando con los colores y mostrándonos que existen mas colores además del blanco y del negro.
Soy, como casi todos, uno más del montón que esta atado a vivir en esta sociedad y en este tiempo. Donde se debe correr hasta que sangren los pies para lograr tener una vida digna. Donde es persona quien más tiene y es dichoso el que más acumula, sin siquiera saber para que lo hace.
Entonces, pensé: ¿Qué hacer con mis pies cansados de tantas corridas en vano? ¿Cómo hacer para que mis pies, mis piernas, mi cuerpo, mi alma no estén tan cansadas al final del día? Y fue allí cuando la conocí. Estaba esperándome, impaciente, para darme la solución. El arte me aguardaba, con sus grandes brazos para darme un abrazo y para otorgarme alas.
Alas para volar, para descansar mis pies, mis piernas, mi cuerpo, mi alma. Alas para llegar desde un punto lejano de la vida, hasta el más cercano sin siquiera pestañar. Alas para imaginar, para perdurar, para dejar libre ese pensamiento encerrado en un claustro económico y social en el cual cada uno permanece preso sin saber la causa y la condena. Alas para romper cadenas y candados, para proteger al que tenemos a nuestro lado, para ayudar a abrir las mentes y los ojos. Alas para volar.
Antü


Fotografía: Amaia Fotografías.

miércoles, 18 de agosto de 2010

El Grito

Muchas veces con hablar no alcanza, no basta para acallar las voces del interior y del exterior que nos torturan, nos apabullan con mentiras y calumnias para dominar nuestros movimientos. Entonces hay que gritar.
El grito debe ser de esos gritos que retumban en las montañas, aunque estemos parados frente al mar. Deben ser gritos en el silencio, esos gritos que destrozan el alma, sin lastimar la garganta y los oídos. Así como el cuadro de Edvard Munch, que nos grita sin perturbar el silencio, nos muestra el pánico y el dolor, la preocupación y la angustia sin moverse y sin sonido. Esa imagen que despierta, desestabiliza y pone en acción nuestra mente.
El status quo nos lleva a esperar paciente a nuestro vecino para que cambie las cosas. Nunca nos damos cuenta que somos nosotros los que podemos cambiar. Nadie nos obliga, pero podemos; en cada uno esta querer o no. No alcanza con caminar por la calle y sensibilizarse ante una determinada situación, o enfadarse ante las injusticias sociales que a diario azotan a estos tiempos; hay que actuar. El actor no puede pretender ser aplaudido si jamás sale a escena, debe salir, arriesgarse al error, a olvidarse la letra e improvisar lo mejor que tenga para seguir adelante, solo así ser reconocido.
Los discursos abundan, las palabras sobran y los actos escasean. Entonces es ahí donde el grito entra en acción. Cuando dormimos y soñamos lo que no nos gusta, generalmente, es un grito el que nos despierta, un grito desde el inconciente que nos dice: ¡Despertate y viví!

Antü
Fotografía: Amaia Fotografías

jueves, 12 de agosto de 2010

El Lenguaje

En la época victoriana, no se podían mencionar los pantalones en presencia de una señorita. Hoy, por hoy, no queda bien decir ciertas cosas en presencia de la opinión pública:
El capitalismo luce el nombre artístico de economía de mercado, el imperialismo se llama globalización. Las víctimas del imperialismo se llaman países en vías de desarrollo, es como llamar niños a los enanos.
El oportunismo se llama pragmatismo, la traición se llama realismo. Los pobres se llaman carentes, o carenciados, o personas de escasos recursos.
La expulsión de los niños pobres del sistema educativo se conoce bajo el nombre de deserción escolar. El derecho del patrón a despedir al obrero sin indemnización ni explicación se llama flexibilización del mercado laboral.
El lenguaje oficial reconoce a los derechos de las mujeres, entre los derechos de las minorías, como si la mitad masculina de la humanidad fuera la mayoría. En lugar de dictadura militar, se dice proceso. Las torturas se llaman apremios ilegales, o también presiones físicas y psicológicas. Cuando los ladrones son de buena familia, no son ladrones, sino cleptómanos. El saqueo de los fondos públicos por los políticos corruptos responde al nombre de enriquecimiento ilícito.
Se llaman accidentes los crímenes que cometen los automóvilistas.
Para decir ciegos, se dice no videntes, un negro es un hombre de color. Donde dice larga y penosa enfermedad, debe leerse cáncer o SIDA. Repentina dolencia significa infarto, nunca se dice muerte, sino desaparición física. Tampoco son muertos los seres humanos aniquilados en las operaciones militares. Los muertos en batalla son bajas, y los civiles que la ligan sin comerla ni beberla, son daños colaterales. En 1995, cuando las explosiones nucleares de Francia en el Pacífico sur, el embajador francés en Nueva Zelanda declaró: "No me gusta esa palabra bomba. No son bombas, Son artefactos que explotan".
Se llaman Convivir algunas de las bandas que asesinan gente en Colombia, a la sombra de la protección militar.
Dignidad era el nombre de uno de los campos de concentración de la dictadura chilena y Libertad la mayor cárcel de la dictadura uruguaya. Se llama Paz y Justicia el grupo paramilitar que, en 1997, acribilló por la espalda a cuarenta y cinco campesinos, casi todos mujeres y niños, mientras rezaban en una iglesia del pueblo de Acteal, en Chiapas.

Eduardo Galeano.
Fotografia: Amaia Fotografias.